Principios y Valores
Los principios orientadores de la Pastoral de la Tierra de la Arquidiocesis de los Altos, son los establecidos por la Doctrina Social de la Iglesia, que en resumen, son los siguientes:
- Principio de la dignidad de la persona humana
- Principio del bien común
- Principio de la subsidiaridad
- Principio de solidaridad
- Principio de Equidad
El principio de la dignidad de la persona humana, en el entendido de que todos los hombres y mujeres tienen la misma dignidad de criaturas a imagen y semejanza de Dios. Este principio es el fundamento último de la radical igualdad y fraternidad entre los hombres que la pastoral quiere promover, independientemente de su raza, nación, sexo, origen, cultura y clase social. Para la pastoral, sólo el reconocimiento de la dignidad humana hará posible el crecimiento común y personal de todos. Por eso considera que para favorecer un crecimiento semejante es necesario, en particular, apoyar a los últimos, asegurar efectivamente condiciones de igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres y garantizar una igualdad objetiva entre las diversas clases sociales ante la ley.
El principio del bien común, al que debe referirse todo aspecto de la vida social para encontrar plenitud de sentido. Según una primera y vasta acepción, por bien común se entiende « el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección ». El bien común no consiste en la simple suma de los bienes particulares de cada sujeto del cuerpo social. Siendo de todos y de cada uno es y permanece común, porque es indivisible y porque sólo juntos es posible alcanzarlo, acrecentarlo y custodiarlo, también en vistas al futuro.
El principio de la subsidiaridad, que está entre las directrices más constantes y características de la doctrina social de la Iglesia, presente desde la primera gran encíclica social y debe ser entendido en sentido positivo, como la ayuda económica, institucional, legislativa, que se debe ofrecer a la población más pobre, pero sin restringir su iniciativa, libertad, capacidad y responsabilidad. El principio de subsidiaridad protege a las personas de los abusos de las instancias sociales superiores e insta a estas últimas a ayudar a los particulares y a los cuerpos intermedios a desarrollar sus tareas. Este principio se impone porque toda persona, familia y cuerpo intermedio tiene algo de original que ofrecer a la comunidad. La experiencia constata que la negación de la subsidiaridad, o su limitación en nombre de una pretendida democratización o igualdad de todos en la sociedad, limita y a veces también anula, el espíritu de libertad y de iniciativa. Consecuencia característica de la subsidiaridad es la participación, que se expresa, esencialmente, en una serie de actividades mediante las cuales el ciudadano, como individuo o asociado a otros, directamente o por medio de los propios representantes, contribuye a la vida cultural, económica, política y social de la comunidad civil a la que pertenece. La participación es un deber que todos han de cumplir conscientemente, en modo responsable y con vistas al bien común.
El principio de solidaridad, que confiere particular relieve a la intrínseca sociabilidad de la persona humana, a la igualdad de todos en dignidad y derechos, al camino común de los hombres y de los pueblos hacia una unidad cada vez más convencida. La solidaridad es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos ». Expresa en síntesis la exigencia de reconocer en el conjunto de los vínculos que unen a los hombres y a los grupos sociales entre sí, el espacio ofrecido a la libertad humana para ocuparse del crecimiento común, compartido por todos, el compromiso en esta dirección se traduce en la aportación positiva que debemos dar a la causa común, en la búsqueda de los puntos de posible entendimiento, incluso allí, donde prevalece una lógica de separación y fragmentación, en la disposición para gastarse por el bien del otro, superando cualquier forma de individualismo y particularismo.
Estos principios deben ser apreciados por todos los integrantes de la Pastoral en su unidad, conexión y articulación. Esta exigencia radica en el significado, que la Iglesia misma da a la propia doctrina social, de « corpus » doctrinal unitario que interpreta las realidades sociales de modo orgánico. La atención a cada uno de los principios en su especificidad no debe conducir a su utilización parcial y errónea, como ocurriría si se invocasen como elementos desarticulados y desconectados.
Principio de Equidad, entendido como el principio que permite aportar en todo momento, esfuerzos para que todos los beneficios que se generen por las acciones que se emprendan, lleguen a todos sin distinción alguna, ni de religión, etnia, procedencia, etárea, o sexo.

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